
El día 4 de Octubre recibimos en el correo de Las Alcublas un atento escrito de Francisco Torralba, miembro de la Fenix Troyana de Chelva, ofreciendonos colaborar con nosotros con sus escritos. Conociamos su blog rincodelayer y nos habia gustado mucho, su forma de relatar a las gentes, costumbres de su Chelva, por lo que nos pusimos en contacto con el y esta es, aprovechando que ya estamos cerca, su primera colaboración. Muchas gracias Francisco.
El Matapuerco
En aquellos tiempos en que las tareas de campo dictaban el devenir de las estaciones y los tiempos, la Matanza ocupaba, sin duda, un lugar destacado.
Eran tiempos de vivir de lo que daban los bancales, algún jornal y los animales que compartían una casa de labranza típica en una sin par granja para la subsistencia.
Cuidábamos de ellos y alimentábamos, lo que era, en muchas ocasiones, una carga como aquéllas que nos ayudaban a acarrear. Mal vendíamos o cambiábamos al tratante de turno. Su calidad era el orgullo de la casa; su enfermedad, nuestra tragedia. Muchos terminaban en la mesa con motivo de alguna celebración o la llegada de algún notorio visitante de “allá abajo”.
Caballo, macho o burro, dependiendo de la categoría, entraban y salían para las faenas; buenas gallinicas ponedoras; aquella vaca que con suerte daba algún ternero; muchos conejos y puede que alguna borrega…Y lo que no podía faltar: el puerco. Lo suyo era poseer una buena hembra que diera muchas camás ¡Menuda faena cuando había que llevarla a que la montara el “barraco”! Aún lechales, se vendían para conseguir pagar el veterinario y el pienso; si el precio era bueno hasta para adquirir una cabra, a ser posible una “montesa”, para el matapuerco. Y no todos, pues se reservaba uno que solía ser el que por “cascarrica” habían rehusado. Comenzábamos su engorde alimentándolo con manzanas y patatas de “destrío”, remolacha y peladuras varias, en una eterna caldera que nunca faltaba en las lumbres de aquellas casas y que se le servía mezclado con el “salvao”, producto de la “molienda”.
Se iba haciendo grande y comenzaba a romper ,una y otra vez, la puerta de la mil veces remendá porcatera, en un hacer males presintiendo lo que se le avecinaba. Inexorable, su san Martín llegaba con diciembre y sus escarchas o se alargaba hasta bien entrao enero, si la recolección de la oliva apretaba; a ser posible en martes que la diosa luna y el calendario Zaragozano marcaban las pautas.
Una serie de preparativos lo anunciaban: ir al monte a por aliagas con las que socarrarlo, escaldar y limpiar lebrillos y jarras; compra de especias y tripas que una vez arreglaicas se inflaban y ponían a secar como guirnaldas anuncio de la fiesta; remendar clavos y cañizo; dejar a mano, o irlos a buscar, los utensilios especiales que como el caldero grande, capoladora y embutidora se compartían entre los allegaos; pelar y cocer la cebolla... Mi madre que trajinaba subiendo y bajando al amasador pues tocaba llenar la artesa o que se iba al horno, a preparar las “tortas del matacerdo”, hechas con masa de pan quemao , pansas y nueces, y las del gazpacho . Mientras que mi padre, pedía la tanda al matarife, fuera el tío Turubio, Camote o Melguizo, otro oficio desaparecido, e iba a por la mesa del puerco que para el efecto se hacía servir y que el evento, arrimá a la puerta, anunciaba.
Aparecían los familiares y allegaos que compartirían tareas y festejo. Llegada la hora, mejor por la tarde, se sacaba de su porcatera, no sin fuerza y anécdotas muchas de cómo tiraba y hasta se escapaba. Se subía a la mesa y sujetaba hasta por vecinos a los que se les pedía echaran una mano. Recuerdo como a los más peques de la casa nos tocaba tirar del rabo y me parece sentir los grandes chillidos que pegaba; veo a mi prima Escolástica a quien como moza mayor le tocaba, menear la sangre para que no se coagulara y las morcillas mejor supieran. Seguidamente se le colocaba en el suelo donde socarrábamos y pelábamos para, a continuación, devolverlo a la mesa donde nos tocaba lavarlo rascándolo con toscas al tiempo que las mujeres nos iban echando agua caliente a cacicos. Una vez limpico, el oficiante afeitaba y remataba cortándonos el esperado rabo por el que la chiquillería porfiábamos en comérnoslo asao. Le enjuagaba bien la boca, cortaba los garrones y colocaba echado en una postura que ridiculizábamos como que estaba rezando. Abría en canal e iniciaba su despiece, aquello sí que era una lección de anatomía, pasándonos las piezas que poco a poco íbamos subiendo a la cubierta, aquel ultimo piso sin ventanas en el que se guardaban las cosechas. Allí nos esperaban las mujeres que por cierto, iban ataviadas para la ocasión con blancos delantales, manguitos y pañuelos e iban extendiendo en el cañizo. No faltaba el trozo que envolvía cuidadosamente para que el alguacil de turno llevara al veterinario. Todo se aprovechaba y ni que decir tiene, que hasta las tripas, para ser usadas con los embutidos o las “morcas”.
Listo y transportado, se aseaba la mesa, aclaraba la calle de trastos y el hombre recogía sus bártulos en la sarrieta. Era el turno para la cabra o cordero cuyas chuletas, de palo, deleitarían la cena, enriquecería los chorizos y mejor sabrían los embutidos. En acabar, se convidaba al matarife y parroquia a deleitar un piacico torta acompañada de aguardiente y con los mejores parabienes se despedían hasta el año siguiente.
Principiaba el trabajo de ir separando y seleccionando las partes que se querían picar para hacer los embutidos y aquellas otras destinadas a salar. Cortaban y cortaban en tiras aquellas carnes “magras” hasta deshuesarlas, dejándolas clasificadas y listas hasta mañana, en una retahíla de lebrillicos para que mejor se orearan Hora de cenar y los mayores de la casa, encargados del fuego, ya tenían listo el particular puchero que venía a ser un cocido cuyo caldo servía de base a un suculento arroz y de segundo, fritá del matapuerco a base de unos ajicos y unos trocicos de tocinico magroso, hígado, garganchón o magro y las chuletas por las que reñíamos, en aquella particular sartén gigante con mango largo y asas: la sartén del susodicho.
Muy tempranico toda la carne se trituraba en la “capoladora”, máquina que llevaba unas cuchillas y que había que mover a manivela. Dependiendo del embutido al picadillo se le añadían especias, tocino o partes en una receta que aunque fuera la misma cambiaba de una casa a otra. Había que removerla y amasarla para pasar a embutirla con otra particular herramienta, la “embutidora” consistente en una especie de embudo gigante al que una palanca iba empujando la pasta. Otras veces se hacía servir la misma máquina de capolar, a la que se le quitaban las cuchillas y se le ponía un embudo, o a mano y a base de embudico. Con cuidado se llenaban aquellas tripas y tras el atado iban colgándose para comenzar el proceso de secado. Algunas clases como las güeñas necesitaban la cocción previa de las vísceras; otras, como las morcillas requerían, tras el atado, el cocerlas. Apartadas la espalda, la costilla, el lomo, el tocino, el espinazo, las patas, el morro y las orejas, y el pernil, se frotaban con limón y salaban con sal gorda, dejándose reposar, cubiertas durante varios días, en un especial cuarto pequeño con poyete y desagüe para que fuera soltando el agua y del que había que estar diariamente vigilante: el salador.A la par, también habían caído un pollo y conejo con los que se preparaban unos gazpachos que se servían pa comer y de segundo más sartén. Mi hermano que asaba y nos repartía el “cate” (un puñadico de sin embutir enrollado en papel) o el “perro” (estómago limpio y y restregao de limón y sal)
Se vaciaba el cañizo y daba gozo ver la cubierta con todas aquellas ristras colgadas de longanizas, chorizos, morcillicas de pan, cebolla o carne, sobrasá, salchicha… Caía la tarde, se escaldaban y guardaban los cacharros y se fregaban los últimos vestigios. La cena era una fiesta entre cantes y chascarrillos. Nos despedíamos hasta el “Sofrito”.
Francisco Torralba Lopez
Fotos de :
Francisco Torralba Lopez
http://recordemoselsol.blogspot.com/2008/12/el-matacerdo-en-la-escuela-rural.html
http://www.aguilardelalfambra.es/internetrural/aguilardelalfambra/home.nsf/documento/matacerdo

15 comentarios:
Desde la Asociación Cultural Las Alcublas, agradecer a este Chelvano su colaboración.
Gracias Francisco
Hemos rechazado un comentario por no aportar nada nuevo al tema de hoy.
Desde ACLA recordamos que no somos altavoces de broncas y dimes y diretes.
Francisco, lo que nos has contado sirve para cualquiera de los pueblos de la Serranía. Que inviernos se preparaban teniendo las jarras llenas, así como las cambras llenas de comida. A la carnicería iba el que podía, así que tener un buen cerdo para la matanza era una bendición. Buen relato.
En esa Asociación, no sé si de verdad lo pensáis y maduráis, pero vais muy bien con lo que lleva la temporada.
OTOÑO : Vendimia, Matanza, Siembra, etc, etc, etc. El equipo funciona, o tenéis alguien que os va marcando las pautas a seguir.
Da gusto poder leer tan bien escrito algo que desde pequeño me contaban mis abuelos y mi madre pero que ya no conocí. Gracias a Francisco por su relato, y espero que nos deleite con muchos más.
El relato de Francisco es estupendo,bien explicado, un 10....Pero que en Alcublas no se mataba puerco?, Habrán fotos?,anécdotas, etc.
Poco os habéis calentado la cabeza para relatar una cosa típica de nuestro pueblo.
Anonimo del 11/11/09 a las 23:25, aplicate al cuento y empieza a colaborar, le has facilitado algo a esa asociación?. Pues ya sabes el movimiento se demuestra andando.
Eso, se os llena la boca con lo de NUESTRO PUEBLO, y tú que haces, puede que tengan un dossier sobre la matanza de categoría, así como fotos y tres cintas grabadas, todo recopilado por tí, para que la asociación o quien proceda pueda hacer uso de él. No se te ocurre pensar que con lo poco que hacen ya van bien, y que estás tú, para mejorarlo. Que bien se ven los toritos desde la barrera, y eso critica que algo queda.
Siempre hay gente mezquina a la que le gusta chinchar por chinchar. Lo que no entiendo es cómo se publica esos comentarios que, como los del Anónimo que dice que poco os habéis calentado la cabeza, sólo buscan hacer daño. Enhorabuena a Francisco por su artículo: muchos más, por favor.
Me parece torpe publicar comentarios que no aportan nada y solo hacen caer en calidad a este Bloc, espero que este se publique también.
Los comentarios no son de quien los publica, si no de quien los emite.
Cargue su conciencia con las consecuencias.
El criticar en ocasiones incita a que se hagan mejor las cosas bien hechas.
Los comentarios no hacen caer este blog. El que los hace para hacer daño o porque así lo siente es su problema. El blog es vuestro y podéis hacer lo que os de la gana con él, no tenéis que dar explicaciones a nadie, y si un comentario no procede no lo publicais y santas pascuas. Faltaría que vengan de fuera a decir lo que tenéis que poner, supongo que lo hacéis para disfrutar vosotros, y si de rebote lo leemos algunoa más, eso que nos encontramos, vamos esa es mi modesta opinión, solamente soy un asiduo lector, ni pertenezco a la asociación, ni soy de Alcublas, pero me gusta todo lo que en él publicais.
Mucha gente se acordará todavía del mudo de la carnicería de la calle mayor, Comeche o de la Pilona, la que hace poco que se cerró.
Este homre era uno de los que más mataba para la gente particular en la calle y hasta nos tiraba las pezuñas de los puercos, una vez socarrao, a los chiquillos para que nos las comieramos. En el pueblo era simplemente la matanza del cerdo.
Este mudo cuando habia que linmpiar la piel chamuscá del cerdo pedía mas ligereza y más agua con unos gritos muy suyos:¡¡aua,urro,urro!!.
Propongo que cada vez que se elimine un comentario se le mande el mismo mensaje para que se entere sea quien sea, y solamente lo siguiente;¡agua,burro,burro!
Muchas gracias por vuestros elogios al respecto de mi artículo que de verdad me animan en esta tarea de ir recopilando los recuerdos de mi infancia,allá en el pueblo.Os prometo el ir añadiendo más.Un abrazo SERRANO,para todos!
Francisco Torralba
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